En verano, de todo menos tiempo

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Madre mía, con la de cosas que tengo que hacer, y no hago ni una. El verano llegó, por fin, y con él las ocupaciones al 100%. Ya no tengo tiempo para casi nada, y eso incluye a mi máquina de coser. No la desenfundo desde el comienzo de los calores.

El caso es que tengo entre manos un encargo muy chulo, que me está encantando hacer, y cuya futura dueña espero que no me tenga rencor por tardar más de lo esperado en entregárselo. Se trata de una mochila.

¡Una mochila, por fin! ¿Por qué será que a algunas nos gustan tanto? Yo razones tengo varias, pero la libertad de manos en cualquier momento creo que es impagable. Un abrazo sorpresa a un amigo en la calle, un paseo con niños pequeños, dar la mano a quien quieras, o llevar las bolsas del súper sin sentir que tu brazo es el tobogán del bolso son momentos que no puede pagar MasterCard, ni nadie.  Y si, un bolso de bandolera también mola, pero para las que cargamos hasta con una cantimplora encima, repartir el peso entre los dos hombros es lo mejor para no llevar una vejez torcida como junco al viento.

Empieza la temporada de mochilas, pues. Y esta, la primera, va de gatos (a petición de la futura dueña).

 

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