Volcán comestible, al final

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Hace un tiempo me daba por hacer cosas ricas de comer a todas horas. Y con ricas, me refiero a “dulces”, porque soy golosa. Y la verdad es que, más o menos, las cosas salían bien, buena presencia y mejor sabor (algo cuyo mérito tienen las recetas originales que yo copiaba, claro).

Pero de un tiempo a esta parte, la cosa ha cambiado un pelín: soy capaz de liarla cada vez que enciendo el horno.

Y éste es el desastre de hoy: un volcán humeante, negruzco de quemado, que pretendía ser una tarta de queso (de las de horno). Al final, nos la hemos comido igual, por supuesto. Pero lo que me ha sorprendido ha sido que hoy no me he cabreado al sacarla del horno. La he mirado hasta con cariño.

Aunque sé de sobra que esto no significa que me haya acostumbrado a liarla entre fogones, porque soy consciente del mosqueo que me voy a pillar la próxima vez que se me quemen las lentejas…

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